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¿Y si nos dedicamos a soñar?

Por: Adriana Bermúdez Arango

Cada vez se acercan más las elecciones y comienzan a verse aquellas prácticas que siempre criticamos, pero ante las que alguien, o muchos, ceden, aunque no estén de acuerdo con ellas. Comienzan las reuniones con candidatos para algo más que escuchar sus propuestas, los sancochos en la calle, las fotos con los niños y animales y los encuentros donde los aspirantes a cargos de elección popular nos llenan de promesas a cambio de ayudarles a conseguir votos, a cambio de pedirle a toda la familia y al barrio, que vote por ellos.

Estamos acercándonos a esa época donde comienza la práctica absurda de los prestadores de servicio de las entidades públicas, quienes, lista en mano, deben pasar los números de cédula de quienes se comprometieron con ellos a votar por su candidato, ese que tiene la vara para garantizarles el puesto, porque ese es el verdadero trabajo que habla por ellos, la cantidad de votos que logran por quien, directa o indirectamente los puso allí, aunque desconozcan o crean poco en su servicio público. Y aunque aún no me queda claro cómo logran saber si alguien votó o no por dicho candidato debido a que el voto es secreto, parece que esta práctica es absolutamente eficiente, porque sigue aplicándose elección tras elección y parece que nadie ha encontrado cómo socavarla o mejor aún, extinguirla. De hecho, hasta el presidente Petro dijo en algún momento que se podía recibir dinero para votar por uno y, realmente, votar por otro, lo que me sonó espeluznante, porque todo lo que parezca o se vea como corrupción, produce miedo.

¿Cuándo será ese cuándo y esa dichosa mañana, en que solo tengamos que sentarnos a escuchar propuestas de los candidatos, sin preguntarnos cuáles son las entidades que pidió o le han entregado o a cuál de sus amigos va a poner en determinado cargo, así no cumpla con el perfil? ¿Cuándo lograremos que las entidades del Estado estén llenas y rodeadas de personas capaces, comprometidas, que tengan como objetivo cumplir los desafíos que su cargo y la entidad para la que trabajan les propone y no de personas que, aunque pueden cumplir con el perfil, su meta no es realizar un buen trabajo sino conseguir votos para la temporada electoral, porque es eso lo que garantiza su sustento? ¿Por qué normalizamos la corrupción y sólo nos sentamos a mirar cuánto daño nos hace, siendo incapaces de tomar las medidas necesarias para erradicarla?

¿Nos da miedo? Entendible, estamos en un mundo donde hay mucha intolerancia, maldad y falta de valores, donde se destacan y tienen el poder, aquellas personas a las que solo les interesa el bien particular, SU bien particular y no el bien de todos, que debería ser el gran motor. Pero no podemos seguir presas del miedo, porque nunca lograremos que nuestro entorno cambie. Como ciudadanos, somos responsables de construir un lugar mejor, una ciudad y, por ende, un país capaz de albergar a propios y extraños, demostrando en todos sus comportamientos que cuenta con los valores, los principios y la ética necesarios, para desarrollarse y crecer.

No podemos seguir pensando que porque se ha hecho así, así debe seguir. Somos los encargados de pasar la página, de construirnos para construir una nueva ciudad sobre unos pilares fundamentales como el respeto, la integridad, la responsabilidad, que se encargarán de dar frutos como la equidad, la justicia, la verdad, la empatía y la tolerancia. Comencemos a sembrar nuestros sueños, solo así seremos capaces de cosecharlos, de hacerlos realidad.

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